De sus pensamientos:
"Antes, nunca...
... había estado en un país con tantas ondas, con tantos desniveles. Nunca antes había caminado por tantas subidas y bajadas en un mismo instante, ni los montículos o altiplanos se prolongaban hasta donde me alcanzaba la vista, adornados con tierra desértica y fértil.
... había pasado tanto calor bajo más de 35 grados de temperatura, con todos los poros de la piel mojados aunque sin sentir ahogo.
... había pisado un país tan lleno de historia, ni admirado fachadas de más de 800 años, vírgenes y erigidas sobre el tiempo.
... la fruta que había degustado era tan buena, fresca, natural y variada. La verdura deliciosa y de colores intensos aún no descubiertos.
... me había hartado de falafels, shawarma, pitas, hummus, mutabas ni me había enamorado del sesámo y de los dátiles en los dulces. No había antes visto tantos dulces, industriales y recién sacados del horno; gustosos, densos y aromáticos. Aún no sabía que una de mis perdiciones se podía superar en otro lugar.
... había saboreado tés tan calientes que dejan huella en los labios. Pero increíblemente buenos y apetecibles aún con tanto calor.
... me había sentido tan avergonzada de mi misma delante de una sociedad tan fuerte, tan persistente, tan luchadora, tan esperanzadora, tan digna. Gente con la cabeza bien alta, mirando siempre al mañana con tantos sueños dipositados en él.
... había compartido habitación, horas, camas, charlas, baños, cigarros, alcohol, preocupaciones, sueños, cansancios, anécdotas con otras 13 personas.
... había disfrutado tanto del mediterráneo bajo la luz de la luna una y otra vez, ni había flotado en un lago sin el mínimo esfuerzo. A pesar de que ambos tenían una temperatura superior a la exterior, bañarse en ellos te acercaba un poco más al paraíso.
... y de forma premeditada habia dormido en la arena, congelándome bajo un manto de estrellas que al desaparecer, derretían todo lo que dormitaba sobre la Tierra.
... había andado tanto ni había absorbido tanta información en cuestión de poco tiempo. Absolutamente rendida caía cada noche a la cama sumiéndome en un sueño irrompible. Ni siquiera con gritos de mis compañeras.
... me había peleado con taxistas para que me bajasen el precio del trayecto ni había escuchado tantas historias personales.
... había sentido un escalofrío recorrer mi cuerpo al ver una obra de teatro en un campo de refugiados que narraba como era la vida allí, como eran sus problemas y como en vez de lamentarse cada día, se dedicaban a crear equipos de futbol y a organizar ligas dentro del territorio. Una para las chicas, la otra para los chicos.
... había tenido ganas de llorar tantas veces cuando oía la desesperación escondida bajo un manto de cimiento.
... había sentido tanta rabia y furia contra tantas cosas en las que yo confiaba: Naciones Unidas, la Unión Europea, las organizaciones no gubernamentales...
... había perdido el habla al quedarme atónita con las palabras de otros profesionales, los cuales, solo sabían decir letras vacías de significado, vacías de sentido.
... había notado tanto la discriminación y la polarización entre dos sociedades hermanas y dentro de su propia casa.
... me había subido tanta adrenalina al cuerpo en una manifestación ni había tenido miedo delante de los soldados que nos esperaban. Tampoco me habían temblado las manos ante las autoridades militares, metralleta colgada al hombro, al pedirme el pasaporte.
... me había sentido observada, controlada, agobiada por tantos ojos del ejército ni temerosa de mis palabras, vigilando que salía de mi boca para no levantar ¿sospechas? Ni había tenido que enseñar tantas veces mi nacionalidad, incluso para entrar en una estación de autobuses.
... había visto una infraestructura tan horrible como el muro, destinado a separar y no a proteger como ellos dicen.
... me había sentido tan pequeña en el mundo ni tan impotente contra él. Por las crueldades que se perpetúan sin que reciban castigo, sin que reciban más atención que el sufrimiento de las familias.
... me había sentido tan claramente ¿racista? riéndome de una cultura, de unos vestidos, de unas tradiciones y una estética ridículas, con un discurso rídiculo. Con argumentos victimistas herederos del Holocausto mientras que ellos mismos, con sus acciones, lo ridiculizan.
... me había oído a mi misma defender el sentimiento de la venganza, de comprender la vuelta a las armas, de entender que una vez está todo perdido, todo el resto vale.
... había estado en un país en conflicto permanente desde hace años y que se agrava por momentos, agravio que apaga la luz del final del túnel sin que ni siquiera tú, que vienes de fuera, sin estar contaminada por la situación, puedas encontrar solución alguna. Una situación de la que solo llegas a interrogantes que plantean más interrogantes.
... había visto ni charlado con mis propios ojos con un gobierno que ayuda a su gente siendo corrupto, auyentando, de nuevo, cualquier intento de crear esperanza.
Antes, sí que sabia sobre el conflicto de Israel-Palestina pero nunca antes lo había vivido. Y cúanto cambió esa visión primeriza después de la primera semana. Qué ignorante me sentí al tocar con mis manos, una pequeña aproximación del sufrimiento humano. Y por ello, nunca antes se había reafirmado tanto el deber y el deseo de luchar por aquellos que requieren ayuda".
dilluns, 9 d’agost del 2010
diumenge, 11 de juliol del 2010
El mañana
Después de participar en una manifestación cifrada en 1.100.000 de personas según la Guardia Urbana y 1.500.000 según los organizadores -Òmnium Cultural- en defensa del Estatut y de cenar y tomar una cerveza con una amiga con horas de conversación interminable, la llamo hoy.
"Que se vaya todo el mundo a la ***".
Qué rápido se pone de mal humor esta niña, oye.
"Que se vaya todo el mundo a la ***".
Qué rápido se pone de mal humor esta niña, oye.
divendres, 9 de juliol del 2010
¡A comer!
Nunca se imaginó que su estómago fuese de goma.
Ayer, después de trabajar, me contó que se fue a comer a Barcelona con una agradable compañía antes de ir a un "seminario" -del cual no habló muy bien, por decirlo finamente-. Después de dos horas de inagotable parloteo -según ella, insisto-, se quiso quedar también a cenar en la ciudad condal con su compañía.
Su madre siempre ha sido muy estricta con las horas de la comida y no le permite saltarse ninguna si ya no está a tiempo de avisar. Pero de todas maneras, a las 21:43, hora en que ya NO puede saltarse la cena, decidió probar suerte con tan mala pata que la llamó su madre diciéndole que era la última vez que le hacía tirar la comida. "Me sentí fatal, pero bueno. Me salí con la mía" me dijo. Si, claro. Patatas bravas, tortilla de patatas de tres pisos y pollo rebozado con salsa barbacoa suplantaron el plato del hogar.
Al llegar a casa, a las 00:45, vio en la cocina que sus platos aun seguían en la repisa. Un gran plato de judías con bacon y un hermoso pez -nunca se sabe sus nombres- resplandecían enmedio de la oscuridad. Y como tiene memoria de pez, valga la redundancia, empezó a pensar: "¿cómo habíamos quedado? ¿Tiraba la comida o me la guardaba?". Sin saber muy bien que era lo que había acordado tres horas antes, decidió volver a cenar. "Claro, como se puso como se puso, me sabía mal".
Y yo le pregunté: "pero, ¿pudiste comértelo?"
"Al principio sí, seguía con hambre. Pero a la mitad del primer plato ya no podía más".
"¿Y qué hiciste?"
"Seguir comiendo. ¿Qué se pensaba? ¿Qué no podría? ¡Ha! Me dolía el estómago pero yo me lo terminé todo. ¡Para que al día siguiente no se quejara! Eso sí, no sabía que me pudiera caber tanta comida...".
Su prima tiene razón. Lo único en lo que se parecen, es por cazurras.
Tozuda como ella sola.
Ayer, después de trabajar, me contó que se fue a comer a Barcelona con una agradable compañía antes de ir a un "seminario" -del cual no habló muy bien, por decirlo finamente-. Después de dos horas de inagotable parloteo -según ella, insisto-, se quiso quedar también a cenar en la ciudad condal con su compañía.
Su madre siempre ha sido muy estricta con las horas de la comida y no le permite saltarse ninguna si ya no está a tiempo de avisar. Pero de todas maneras, a las 21:43, hora en que ya NO puede saltarse la cena, decidió probar suerte con tan mala pata que la llamó su madre diciéndole que era la última vez que le hacía tirar la comida. "Me sentí fatal, pero bueno. Me salí con la mía" me dijo. Si, claro. Patatas bravas, tortilla de patatas de tres pisos y pollo rebozado con salsa barbacoa suplantaron el plato del hogar.
Al llegar a casa, a las 00:45, vio en la cocina que sus platos aun seguían en la repisa. Un gran plato de judías con bacon y un hermoso pez -nunca se sabe sus nombres- resplandecían enmedio de la oscuridad. Y como tiene memoria de pez, valga la redundancia, empezó a pensar: "¿cómo habíamos quedado? ¿Tiraba la comida o me la guardaba?". Sin saber muy bien que era lo que había acordado tres horas antes, decidió volver a cenar. "Claro, como se puso como se puso, me sabía mal".
Y yo le pregunté: "pero, ¿pudiste comértelo?"
"Al principio sí, seguía con hambre. Pero a la mitad del primer plato ya no podía más".
"¿Y qué hiciste?"
"Seguir comiendo. ¿Qué se pensaba? ¿Qué no podría? ¡Ha! Me dolía el estómago pero yo me lo terminé todo. ¡Para que al día siguiente no se quejara! Eso sí, no sabía que me pudiera caber tanta comida...".
Su prima tiene razón. Lo único en lo que se parecen, es por cazurras.
Tozuda como ella sola.
Subscriure's a:
Missatges (Atom)