dimarts, 1 de febrer del 2011

Malentendidos

"Iba yo andando hacia la gran cita con entusiasmo y aplomo. Después de casi un mes de enviar 30 currículos por semana, por fin tenía una entrevista de trabajo. Además, antes de salir de casa, Mary me había dicho que por la tarde tenía otra entrevista en el bar de delante de casa y me había llegado el libro del Plàcid García Planas (Jazz en el despacho de Hitler) que mi madre me había enviado y tanta ilusión me hacía. Así que era una buena mañana. Sol, poco frío para ser Dublín, todo indicaba que las cosas empezaban a ir hacia arriba y no hacía abajo como me había parecido los últimos cuatro meses.

Llegué al hotel de Blanchardstown temprano, como siempre, y dije en recepción quién era y que tenía una entrevista de trabajo. Así como muy importante quedé yo. En fin, que no había nadie aún y me senté a esperar a John no sé que más y a una señora de la cual tampoco sabía su nombre. Al cabo de un cuarto de hora, llamé a John y me dijo que preguntara por la reunión Living products (o eso entendí) y que fuera allí.

Subí al segundo piso y entré en la sala número 11. ¡Qué sorpresa más... desagradable! Había un señor delante de un proyector con un color de piel muy extraño, dos latinas y tres amas de casa tomando notas y una mesa al lado del proyector llena de productos cosméticos. Aloe Vera, leí. Me senté en la última silla y escuché. Por dios. Era como una secta. Estaban hablando de los milagros de las pastillas, los brebajes y cremas y otros de Aloe Vera: que si es brilliant para los resfríados, que si es wonderful para el colesterol, que si es lovely para la cara, que si el olor es amazing, ... por favor. La señora de la cual no sabía su nombre estaba allí y no dejaba de apuntar a todas las preguntas que las amas de casa hacían que el producto en cuestión "también era muy bueno para la piel". ¡De hecho todos lo eran! Al final creo que todo el mundo comprendió que, por encima de todo, todos los potingues esos eran ultramegahiperbuenos para la piel.

El señor de la piel, valga la redundancia, de un color entre naranja-rojo-moreno era horrendo. Nunca había visto a nadie tan malo haciendo una exposición. Incluso yo puedo ser mejor: me pongo roja, lo cual hace reír a la gente y por lo tanto la charla se hace amena. Ese señor dormía mientras hablaba y entre frase y frase pasaba una eternidad. Además iba comentando los beneficios de las pastillas o las bebidas que él tomaba. No miento si juro que almenos se toma 10 pastillas diarias de cada cosa. Después se levantó la mujer y se puso a detallar los avances de una crema. Infintos. Y todos increíblemente buenos, claro.

Resumiendo, sentía que estaba dentro de una secta, de unos fanáticos de productos Aloe Vera, de unos obsesos de las pastillas, la salud y, evidentemente, ¡la piel! ¡Además hacían preguntas! Pero ¿qué preguntas se puede hacer sobre una simple crema de la que sólo puedes decir: ¿pero porqué es tan cara esa cosita de nada?"?. Fue horrible, la palabra que me sale es flipados. Y obsesionados. Yo no digo que no te cuides, yo soy fan de cuidarse e incluso siempre recomiendo la crema hidratante Aloe Vera (en el Mercadona sólo vale un euro y va genial). Pero de allí, a necesitar 4 horas para ponerte todos los potingues que son buenos para tu piel, para rejuvenecerte, para curarte del colesterol, la grasa, los resfríados, las articulaciones... Incluso renegaron de andar por que claro, "la polución es perjudicial para vuestra piel". Si ahora nos ponemos en el lugar de la señora, me veríais a mi sentada, en la última silla, al rincón, con brazos y piernas cruzados, con la chaqueta en la falda y la bufanda aún puesta en plan "a la que pueda salgo corriendo" y con los hombros encogidos, asustada, con la cara a juego. Sólo pensaba en una cosa desde el momento en que me senté en la sala 11: "NECESITO salir de aquí".

Al final urdí un plan: le dije al hombre-pomelo que creía que me había confundido y que me había equivocado. Me preguntó: "¿quieres que salgamos y te explico un poco de qué va esto?". Ahí fue cuando vino un ángel a rescatarme. Salimos fuera y por poco me río delante suyo. Además de tener la piel extrañamente extraña (me juego lo que quieras a que era de tantos productos Aloe Vera) se llama Ken. No voy a añadir más comentarios.

Resumiendo, quedamos en que ya volvería a llamar para que alguien me contase de qué iba todo aquella secta religionaria con Aloe Vera por Dios. Evidentemente, no lo voy a hacer, conseguí la excusa perfecta para desaparecer del mapa.

Salí casi corriendo del hotel. ¡Me sentí tan estúpida! Tantas ilusiones en unas horas para que en un simple minuto todo se vaya al garete. Pero fue error mío: la próxima vez, me aseguraré de quién me llama".

He tenido que transcribir su anécdota. ¡Qué auténtica!

dissabte, 29 de gener del 2011

Con lentes y a lo loco

A las nueve y media estava en Four Courts esperando el autobús. Hacía media hora que se había levantado y sólo casi tres horas que había dormido. Un plato de pasta a las seis de la mañana requiere su tiempo, aunque de tanto esperar, te entre el sueño. Lo cual, no es de extrañar que en el momento de quitarse las lentes de contacto, la del ojo izquierdo no llegara a su caja. Así que nos la encontramos a las nueve y media de la mañana vestida de fiesta, con pelos a lo afro, con sólo dos horas y pico de sueño y una sola lente en el ojo derecho.

Es necesario advertir que no ve absolutamente nada sin gafas o lentillas en defecto de las primeras. Nada. Si extiende un brazo hacia delante, a partir de donde terminan sus dedos, la realidad se vuelve borrosa, desenfocada y se presenta solo con manchas de colores. Así es que para coger el bus y volver a casa, sufrió bastante. Solo tenía media capacidad para distinguir los números de los vehículos y si lo perdía, debería esperar más de 30 minutos para el siguiente. Y con 4 grados en la calle, la espera no se hace especialmente agradable. Así que ni corta ni perezosa, el primero que llegó a la misma parada le dijo: "¿Me puedes hacer un favor? No veo de lejos y he perdido una de mis lentillas y tengo que coger el bus pero no veo nada. ¿Me puedes avisar cuando llegue el 37?".

Me contó que el hombre se quedó un poco parado pero que fue majo y le iba diciendo todos los números de todos los buses que veía pasar. Aunque de poco le sirvió el hombre porque ella consiguió divisar a lo lejos el 37. Así que de golpe y porrazo le dijo:
"Oh, ahí está! Muchas gracias ya no hace falta solo necesitaba este!. Y me fui corriendo hacia el bus. Lo miré cuando pasamos por delante y el muchacho todavía hacía cara de no saber qué había pasado".

Si es que no tiene remedio.

dimecres, 26 de gener del 2011

Notas

Aún viviendo en otro país con otra familia, no puede dejar de equivocarse.

Se ve que el domingo pasado, cuando se levantó ya no había nadie en casa. Bajó a la cocina y encontró una nota de la pequeña Lucy: "Tienes el desayuno en el horno aunque los huevos te los tendrás que cocinar tú".
Me dijo que lo primero que le vino a la cabeza fue: "Oh, ¡qué mona! Además de dejarnos notas con los padres, ahora también con los niños". Así que se comió el desayuno: salsichas, tostadas, tomate y bacon. "¡Qué rico!".
Lástima que la nota no fuese para ella. Lucy la había escrito para su madre pero se olvidó de poner su nombre así que mi confiada amiga, pensó que iba dirigida a ella. La madre se rió cuando supo que se había quedado sin desayuno pero a ella se le revolvió el estómago.

"Es que todavía no sé de donde sacan que nunca desayuno...", se me disculpó.